Hermosos y malditos

Hermosos y malditos

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—¡Dios mío! —susurró entrecortadamente—, no puedes marcharte y dejarme. Me moriré.

Anthony descubría por su parte la imposibilidad de que Dot aceptara su marcha como una desgracia común e impersonal. Estaba demasiado cerca de ella para hacer otra cosa que repetir «Pobrecita Dot. Pobrecita Dot».

—¿Y luego qué? —preguntó la muchacha con voz cansada.

—¿Qué quieres decir?

—Que tú eres mi vida entera, eso es todo. Moriría por ti ahora mismo si me dijeses que lo hiciera. Cogería un cuchillo y me mataría. No me puedes dejar aquí.

Su tono lo asustó.

—Estas cosas pasan —dijo él con voz tranquila.

—Entonces me voy contigo. —Le caían las lágrimas por las mejillas y le temblaba la boca, todo su ser atenazado por el dolor y el miedo.

—Mi dulce y querida niñita —murmuró él con voz llena de sentimentalismo—. ¿No ves que no haríamos más que retrasar algo que tiene que suceder inevitablemente? Me iré a Francia dentro de unos meses…

Dot se apartó de él y, apretando los puños, alzó la vista al cielo.

—Quiero morirme —dijo, como si estuviese moldeando cuidadosamente cada palabra dentro de su corazón.


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