Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Ella estaba esperando en el porche en sombra, con un vestido blanco barato que realzaba su juventud y la dulzura de sus facciones.
—¡Te he deseado tanto, cariño! —susurró ella—. Durante todo el dÃa.
—Tengo algo que decirte.
Ella lo hizo sentarse a su lado en el sofá-mecedora sin advertir su tono ominoso.
—Cuéntame.
—Nos marchamos la semana que viene.
Sus brazos, alzados en busca de los hombros de Anthony, se quedaron inmóviles en la oscuridad, y también su rostro, vuelto hacia arriba. Cuando habló, la dulzura habÃa desaparecido por completo de su voz.
—¡A Francia!
—No. No tenemos tanta suerte. Nos vamos a un maldito campamento en Mississippi.
Dot cerró los ojos y Anthony notó que le temblaban los párpados.
—Mi querida Dot, la vida es demasiado dura.
Ella estaba llorando, apoyada en su hombro.
—Demasiado dura, demasiado dura —repitió él mecánicamente—; hiere a las personas una y otra vez hasta que ya no es posible herirlas más. Esa es la última cosa que hace y la peor de todas.
Frenética, llena de angustia, Dot le apretó contra su pecho.