Hermosos y malditos

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El capitán Dunning regañó al escribiente de la compañía (que se había echado a reír) y le dijo a Baptiste que haría lo que pudiese. Pero después de considerarlo decidió que no podía prescindir de otro hombre mejor capacitado. El pequeño Baptiste fue de mal en peor. Los caballos parecían adivinar su miedo y aprovecharse de él. Dos semanas después una gran yegua negra le aplastó el cráneo de una coz cuando intentaba sacarla de su casilla en el establo.

A mediados de julio llegaron rumores, y después órdenes, relacionados con un cambio de campamento. La brigada iba a trasladarse a un acuartelamiento vacío, cien millas más al sur, para ser allí reforzada hasta transformarse en división. Al principio los hombres pensaron que salían para el frente, y durante toda la tarde parlotearon en grupitos delante de las tiendas de la compañía, gritándose unos a otros con aire fanfarrón: «¡Claro que nos vamos!». Cuando llegó a saberse la verdad, fue rechazada con indignación como una cortina de humo para ocultar su verdadero destino. Se deleitaron con su propia importancia. Aquella noche dijeron a sus chicas en la ciudad que «iban a por los alemanes». Anthony estuvo recorriendo los grupos durante un rato; luego se montó en uno de los viejos coches destartalados y fue a decirle a Dot que se marchaba.


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