Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Julio llegó abrasando la tierra. Al capitán Dunning se le ordenó que designara a uno de sus hombres para que aprendiese a herrar los caballos. El regimiento estaba aumentando el número de hombres en cada unidad hasta llegar a la dotación adecuada para entrar en acción, y el capitán necesitaba a la mayoría de los veteranos para que enseñaran a los nuevos a hacer la instrucción, de manera que escogió al pequeño Baptiste, el italiano, del que le resultaba más fácil prescindir. El siciliano no había tenido nunca nada que ver con caballos. Su miedo empeoró la situación. Un día se presentó en la tienda de mando y le dijo al capitán que si no podían sustituirle prefería morir. Los caballos le coceaban, dijo; no servía para aquel trabajo. Finalmente se puso de rodillas y suplicó, en una mezcla de inglés chapurreado e italiano medieval, que le dieran otro destino. Llevaba tres días sin dormir; soñaba constantemente con monstruosos sementales que piafaban y hacían cabriolas.