Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Había en el carácter de Dot una tendencia latente a la tristeza, un consciente evadirse de todo, con excepción de las placenteras menudencias de la vida. Sus ojos violeta parecían quedar insensibles durante horas cuando, despreocupada de todo, se tumbaba al sol como un gato. Anthony se preguntaba qué pensaría de ellos su cansada y apocada madre, y si en sus momentos de mayor lucidez llegaría incluso a imaginarse la relación que existía entre su hija y él.
Los domingos por la tarde salían a pasear por el campo, descansando de cuando en cuando sobre el musgo seco en la linde de un bosque. Allí se reunían los pájaros, y crecían las violetas y los cornejos de flores blancas; allí los árboles de hojas grises brillaban cristalinos y fríos, olvidados del calor embriagador que esperaba fuera; allí Anthony rompía a hablar, de manera intermitente, en un monólogo soñoliento, en una conversación sin importancia que no precisaba de respuestas.