Hermosos y malditos
Hermosos y malditos En la ciudad las calles estaban otra vez envueltas en una atmósfera de somnolencia, y Anthony y Dot vagabundearon juntos por los sitios que habían recorrido el otoño anterior, hasta que el joven Patch empezó a sentir un suave afecto por aquel sur, un sur, al parecer, más cerca de Argel que de Italia, con desvanecidas aspiraciones que apuntaban, saltando hacia atrás sobre innumerables generaciones, hacia algún cálido y primitivo Nirvana, sin esperanzas ni preocupaciones. Allí se encontraba en todas las voces un acento de cordialidad, de comprensión. «La vida nos gasta a todos la misma broma, agradable y angustiosa al mismo tiempo», parecían decir con su grata y quejumbrosa cadencia, con aquella entonación que se alzaba hasta terminar en un indeciso tono menor.
Le gustaba la barbería, donde un muchacho pálido y demacrado lo saludaba siempre con un «¡Hola, cabo!» y después de afeitarle le repasaba minuciosamente la cabeza con una maquinilla para que el pelo mantuviera la longitud reglamentaria. Le gustaban los Johnston’s Gardens donde iban a bailar, y donde un negro trágico tocaba al saxofón una música dolorida y anhelante que acababa convirtiendo aquel local de colores chillones en una jungla encantada de ritmos bárbaros y risas sofocadas, donde olvidar el monótono paso del tiempo con los suaves suspiros y tiernos susurros de Dorothy significaba el logro de todas las aspiraciones, la paz absoluta.