Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Había mandado un telegrama a Gloria anunciándole que había aprobado el examen para trasladarse a un campamento de formación de oficiales, y que esperaba salir muy pronto camino de Georgia. Gloria no le contestó. Anthony le puso otro telegrama… al no recibir respuesta supuso que quizá hubiese salido de Nueva York. Pero no pudo por menos de pensar una y otra vez que no había abandonado la ciudad, y se vio atacado por una plaga de enloquecidas suposiciones. Gloria, por ejemplo, aburrida e inquieta, podía haber encontrado a alguien, igual que le había sucedido a él. Aquella idea bastó para aterrorizarlo… sobre todo porque se había sentido tan seguro de la integridad personal de su mujer que apenas había pensado en ella durante todo el año. Y ahora, al nacer la duda, las antiguas rabias, las ansias de posesión, se abalanzaban sobre él a millares. ¿No era lógico que Gloria se hubiese enamorado de nuevo?
Recordó a la Gloria que había prometido que si alguna vez quería algo, lo tomaría, insistiendo en que, dado que obraría enteramente para satisfacción propia, podría terminar la aventura sin desdoro; lo que contaba, en cualquier caso, era solo el efecto sobre la mente de una persona, había dicho Gloria, y su reacción sería la masculina, de saciedad e incluso de vaga repugnancia.