Hermosos y malditos
Hermosos y malditos En septiembre, con las sospechas acerca de Gloria, la compañía de Dot se le hizo primero tediosa y luego casi insufrible. Anthony estaba nervioso e irritable por falta de sueño y se sentía lleno de angustia y de temor. Tres días antes había ido a ver al capitán Dunning para pedirle un permiso sin conseguir otra cosa que buenas palabras. La división iba a salir para Europa, mientras que Anthony se trasladaría a un campamento de formación de oficiales; los permisos que pudieran darse había que reservarlos para los hombres que abandonaban el país.
Ante esta negativa Anthony se había dirigido a la oficina de telégrafos, dispuesto a poner un cable a Gloria para que viniera al sur… al llegar a la puerta retrocedió desalentado, al comprender lo irrazonable de semejante medida. Luego había pasado la tarde descargando con Dot su malhumor, y regresado al campamento lleno de irritación contra el mundo en general. Habían tenido una escena muy desagradable, y Anthony acabó marchándose de repente. Lo que hubiese que hacer con Dot no parecía preocuparle de una manera vital en el momento presente; estaba totalmente enfrascado en el descorazonador silencio de su mujer…
La puerta de la tienda se trianguló de pronto sobre sí misma, y una cabeza morena se recortó contra la oscuridad de la noche.