Hermosos y malditos
Hermosos y malditos —Necesito verte esta noche. Es importante.
—Es demasiado tarde —dijo él frÃamente—; son las diez y he de estar de vuelta en el campamento para las once.
—Está bien. —HabÃa tanto sufrimiento encerrado en aquellas dos palabras que Anthony sintió algo de remordimiento.
—¿Qué sucede?
—QuerÃa decirte adiós.
—¡No digas tonterÃas! —exclamó él. Pero se sintió más animado. ¡SerÃa estupendo que Dot dejara la ciudad aquella misma noche! ¡Qué peso se le quitarÃa de encima! Pero dijo—: No puedes marcharte hasta mañana.
Con el rabillo del ojo vio que el oficial de guardia lo miraba con irónica curiosidad. Luego, inesperadas, le llegaron las siguientes palabras de Dot:
—No me refiero a «irme» de esa manera.
Anthony apretó el auricular con fuerza. Notó que los nervios se le enfriaban como si el calor estuviese abandonando su cuerpo.
—¿Cómo?
Luego, muy deprisa y con voz entrecortada, la oyó decir:
—¡Adiós, cariño, adiós!