Hermosos y malditos
Hermosos y malditos ¡Click! Dot había colgado el teléfono. Dejando escapar un sonido que era mitad jadeo y mitad grito; Anthony abandonó el edificio del cuartel general. Una vez fuera, bajo las estrellas que colgaban como adornos de plata entre los árboles del bosquecillo, se quedó inmóvil, sin saber qué hacer. ¿Estaría pensando en suicidarse? ¡La muy estúpida! Se sintió lleno de un intenso odio contra ella. Ante semejante desenlace le resultaba imposible aceptar que él hubiese iniciado aquel enredo, aquel lío, aquella sórdida mezcolanza de angustia y de dolor.
Al cabo de un momento descubrió que se estaba alejando lentamente, repitiendo una y otra vez que era inútil preocuparse. Lo mejor que podía hacer era volver a su tienda y dormir. Necesitaba dormir. ¡Dios santo! ¿Volvería a dormir alguna vez? Su mente no era más que un confuso clamor; al llegar a la carretera giró en redondo presa del pánico y echó a correr: no en dirección a la compañía, sino alejándose de ella. Otros soldados volvían ya de la ciudad… no le costaría trabajo encontrar un coche. Al cabo de un minuto dos ojos amarillos aparecieron en una curva. Anthony corrió hacia ellos con todas sus fuerzas.
—¡Taxi! ¡Taxi…! —Era un Ford vacío—. Quiero ir a la ciudad.
—Le costará un dólar.