Hermosos y malditos

Hermosos y malditos

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—De acuerdo, pero haga el favor de darse prisa…

Después de un tiempo que se le antojó interminable, Anthony subió corriendo los escalones delante de una oscura casita destartalada, y al atravesar la puerta casi derribó a una negra inmensa que avanzaba por el vestíbulo con una vela en la mano.

—¿Dónde está mi mujer? —preguntó con el rostro desencajado.

—Se ha acostado.

Escaleras arriba, de tres en tres, y luego hasta el fondo del decrépito pasillo. La habitación estaba a oscuras y en silencio. Anthony encendió una cerilla con dedos temblorosos. Dos ojos muy abiertos lo miraron desde el revoltijo de ropas de la cama.

—Sabía que vendrías —murmuró ella entrecortadamente.

Anthony palideció de indignación.

—Así que no era más que una treta para hacerme venir, ¡para crearme dificultades! —dijo—. ¡Maldita sea!, has gritado «¡Que viene el lobo!» más veces de la cuenta.

Ella lo miró con aire lastimero.

—Tenía que verte. No hubiese podido seguir viviendo. Tenía que verte…

Anthony se sentó en el borde de la cama y movió después la cabeza.


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