Hermosos y malditos

Hermosos y malditos

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—No eres buena —dijo terminantemente, hablando sin darse cuenta como Gloria podría haberlo hecho con él—. No es justo que me hagas una cosa así.

—Acércate más. —Dijera lo que dijese, Dot ahora se sentía feliz. Anthony se preocupaba por ella. Había logrado traerlo a su lado.

—Dios del cielo —dijo Anthony desesperanzado. A medida que la ola de cansancio avanzaba inexorablemente, su indignación se iba calmando y retrocediendo hasta esfumarse. Repentinamente rompió en sollozos, mientras se dejaba caer en la cama junto a Dot.

—Querido —le suplicó ella—. ¡No llores! ¡No llores, por favor!

Apoyó la cabeza de Anthony contra su pecho y lo consoló, mezclando sus lágrimas de alegría con las de él, llenas de amargura. Con una mano lo acarició suavemente.

—Soy una estúpida —murmuró contrita—, pero te quiero, y cuando me tratas con frialdad tengo la impresión de que no merece la pena seguir viviendo.

Después de todo, aquello era paz: la habitación en silencio con olor a perfume y a polvos de mujer, la mano de Dot tan suave como una brisa cálida en sus cabellos, el subir y bajar de su pecho cuando respiraba… por un momento fue como si Gloria estuviese allí, como si él descansara en un hogar más grato y mejor protegido que ninguno de los que había conocido.


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