Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Pasó una hora. Un reloj de pared empezó a sonar en el vestíbulo. Anthony se incorporó de un salto y miró las manecillas fosforescentes de su reloj de pulsera. Eran las doce.
Le costó trabajo encontrar un taxi que lo llevara tan tarde al campamento. Mientras le pedía al conductor que fuese más deprisa, Anthony meditaba sobre el mejor método de entrar en el recinto militar. Había llegado varias veces tarde en las últimas semanas, y sabía que si volvían a cogerlo era muy probable que tacharan su nombre de la lista de candidatos para oficiales. Se preguntó si no sería más conveniente despedir el taxi y probar fortuna pasando junto al centinela en la oscuridad. De todas formas, había oficiales que llegaban con frecuencia después de la medianoche…
—¡Alto! —La orden surgió del resplandor amarillo que los faros del coche derramaron sobre la carretera al cambiar de dirección. El taxista soltó el embrague, y se les acercó un centinela con el rifle terciado. Acompañándolo, desgraciadamente, iba el oficial de guardia.
—Llega tarde, sargento.
—Sí, mi teniente. Un imprevisto.
—Es una lástima. Tengo que apuntar su nombre.