Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Mientras el oficial esperaba, bloc y lápiz en la mano, unas palabras no del todo voluntarias se agolparon en los labios de Anthony, unas palabras nacidas del pánico, del aturdimiento, de la desesperación.
—Sargento R. A. Foley —respondió sin atreverse casi a respirar.
—¿Y la unidad?
—Compañía Q, del Ochenta y tres de Infantería.
—De acuerdo. Tendrá que seguir a pie, sargento.
Anthony saludó, pagó a toda prisa al taxista, y echó a correr en dirección al regimiento que había mencionado. Cuando perdió de vista al oficial de guardia cambió de rumbo y, con el corazón latiéndole furiosamente, regresó a su compañía, convencido de haber cometido un error que iba a costarle caro.
Dos días después el oficial que estaba de comandante de la guardia aquella noche lo reconoció en una barbería de la ciudad. Anthony regresó al campamento custodiado por un policía militar; le degradaron a soldado raso sin juicio, y quedó confinado durante un mes dentro de los límites de su compañía.