Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Aquel golpe le causó un ataque agudo de depresión, y antes de que transcurriera una semana lo encontraron de nuevo en la ciudad, atontado por el alcohol y con una botella de whisky de fabricación ilegal en el bolsillo. Debido a su comportamiento un poco demencial durante el juicio, lo condenaron únicamente a tres semanas de reclusión.
Casi desde el principio de su encierro fue creciendo en Anthony el convencimiento de que se estaba volviendo loco. Era como si dentro de su mente existiese cierto número de oscuras pero intensas personalidades —algunas familiares, otras extrañas y terribles—, mantenidas a raya por un pequeño celador que permanecía en alto en algún sitio y las vigilaba. Lo que ahora preocupaba a Anthony era que el celador estaba enfermo y se mantenía en su puesto con muchas dificultades. Si se rindiera, si vacilara un momento, saldrían a la luz todas aquellas cosas intolerables, y Anthony sabía muy bien la situación de negrura a la que podía llegar si lo peor de sí mismo campaba a sus anchas por los vericuetos de su mundo consciente.