Hermosos y malditos

Hermosos y malditos

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Los días habían cambiado en cierto modo, y el calor era una especie de bruñida oscuridad que caía a plomo sobre la tierra devastada. Por encima de la cabeza de Anthony los círculos azules de ominosos soles desconocidos, de innumerables centros de fuego, giraban interminablemente, como si estuviera tumbado y constantemente expuesto a su luz abrasadora en febril estado comatoso. A las siete de la mañana algo fantasmal, algo casi absurdamente carente de realidad pero que él reconocía como su cuerpo mortal, salía con otros siete prisioneros y dos guardianes a trabajar en las carreteras del campamento. Un día cargaban y descargaban considerables cantidades de grava, la extendían y la rastrillaban; al día siguiente trabajaban con enormes barriles de alquitrán candente, cubriendo la grava con negros charcos relucientes de calor derretido. Por la noche, encerrado en prevención, Anthony yacía en su catre sin pensar, sin valor para hilar las ideas, contemplando las irregulares vigas del techo hasta las tres de la madrugada, cuando se hundía en un sueño intranquilo y con frecuentes interrupciones.






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