Hermosos y malditos

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Cuando recobró el conocimiento, Anthony estaba de nuevo en prevención, y los otros presos le lanzaban miradas de curiosidad. Los ojos no volvieron a aparecer. Pasaron muchos días antes de que se diese cuenta de que tenía que haber sido la voz de Dot, que lo había llamado, creando algún tipo de revuelo. Esto lo decidió inmediatamente antes de que expirara su sentencia, cuando se había desvanecido la pesada nube que lo oprimía, dejándolo en un profundo y desalentado aletargamiento. A medida que el mediador consciente —el celador que mantenía a raya la terrible colección de horrores— recuperaba fuerzas, Anthony se sentía más débil físicamente. Apenas fue capaz de mantenerse en pie durante los dos días de trabajo pesado que aún le quedaban, y cuando lo pusieron en libertad una tarde lluviosa y regresó a su compañía, nada más entrar en la tienda cayó en un sueño pesado del que despertó antes de amanecer, dolorido y con la sensación de no haber descansado en absoluto. Junto a su litera había dos cartas que llevaban algún tiempo esperándolo en el puesto de mando de la compañía. La primera era de Gloria, breve y fría:

* * *

La vista del pleito será a finales de noviembre. ¿No podrías conseguir un permiso?


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