Hermosos y malditos

Hermosos y malditos

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Broadway era una cascada de luz, abarrotada como nunca la había visto de gente deseosa de divertirse que recorría sus rutilantes aceras hundiéndose hasta el tobillo en la masa de trozos de papel tirados desde las ventanas de los edificios. En diferentes sitios, subidos en bancos o en cajas, había soldados dirigiéndose al gentío que apenas les prestaba atención, pero en el que cada rostro se dibujaba con total nitidez bajo el intenso resplandor blanco que los iluminaba desde arriba. Anthony se fijó en media docena de figuras: un marinero borracho, inclinado hacia atrás y sostenido por dos de sus compañeros, que agitaba la gorra mientras emitía una desenfrenada serie de rugidos; un soldado herido, muleta en mano, transportado como por un remolino a hombros de algunos paisanos que lanzaban alaridos; una muchacha de cabellos oscuros, sentada con las piernas cruzadas y expresión meditabunda sobre el techo de un taxi parado. No cabía duda de que allí la victoria había llegado muy a tiempo, de que el momento culminante había sido programado con verdadera previsión celestial. La nación grande y poderosa había triunfado en la guerra, sufriendo lo suficiente para que no faltara el patetismo pero no lo bastante para llegar a la amargura… de aquí los deseos de diversión, de fiesta, de triunfo. Bajo aquellas luces brillantes resplandecían los rostros de pueblos cuya gloria se había esfumado largo tiempo atrás, cuyas mismas civilizaciones estaban muertas… hombres cuyos antepasados habían escuchado noticias de victorias en Babilonia, en Nínive, en Bagdad, en Tiro, cien generaciones antes; hombres cuyos antepasados habían presenciado cortejos engalanados con flores y esclavos, recorriendo con su estela de cautivos las avenidas de la Roma imperial…


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