Hermosos y malditos

Hermosos y malditos

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Más allá del Rialto, la fachada resplandeciente del Astor, la luminosa magnificencia de Times Square… después, un espléndido desfiladero entre paredes incandescentes. Luego —¿años más tarde?—. Anthony se encontró pagando al taxista delante de un edificio blanco en la calle Cincuenta y siete. En el vestíbulo reconoció al muchacho negro de Martinica, lento, indolente, siempre el mismo.

—¿Está en casa mistress Patch?

—Acabo de empezar mi turno —anunció el ascensorista con aquel acento británico suyo que seguía resultando tan chocante.

—Haz el favor de subirme…

Luego el lento zumbido del ascensor, y los tres escalones hasta la puerta, que se abrió de par en par ante el ímpetu del golpe que dio con los nudillos.

—¡Gloria! —Su voz temblaba. No tuvo respuesta. Una débil columna de humo se alzaba de un cenicero; sobre la mesa había un número abierto de Vanity Fair.

—¡Gloria!

Anthony fue corriendo al dormitorio, al cuarto de baño. Gloria no estaba allí. Un salto de cama de color aguamarina, olvidado sobre la cama, despedía un suave perfume, indefinible y familiar al mismo tiempo. Sobre una silla había un par de medias y un traje de calle; una polvera abierta bostezaba sobre el tocador. Sin duda acababa de salir.


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