Hermosos y malditos

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Dominado por las sospechas, Anthony fue de un lado a otro del apartamento buscando pruebas de alguna presencia masculina, abriendo el armario del cuarto de baño, registrando febrilmente los cajones de la cómoda. Pero enseguida encontró algo que lo hizo detenerse bruscamente y sentarse en una de las camas gemelas, caídas las comisuras de la boca como si estuviera a punto de llorar. En una esquina de un cajón de Gloria, atados con una delicada cinta azul, estaban todas las cartas y telegramas que él le había escrito durante el año anterior. Le embargó la felicidad y un cálido sentimiento de vergüenza.

—No soy digno de tocarla —exclamó en voz alta, dirigiéndose a las cuatro paredes—. No merezco siquiera cogerle una mano.

Sin embargo, salió a buscarla.

En el vestíbulo del Astor se encontró inmediatamente rodeado por una multitud tan apretada que casi era imposible avanzar. Tuvo que preguntar la dirección de la sala de baile a media docena de personas antes de encontrar a alguien lo bastante sobrio como para darle una respuesta inteligible. Finalmente, después de una última y larga espera, consiguió dejar su capote militar en el guardarropa.


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