Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Luego vio a Gloria. Estaba sentada a una mesa para dos, justo enfrente de Anthony, al otro lado del salón. Llevaba un vestido negro, y sobre él, su rostro lleno de animación, su tez maravillosamente sonrosada, formaban, le pareció a su marido, un punto de conmovedora belleza entre la multitud que la rodeaba. Su corazón vibró como en respuesta a una nueva música. Se abrió camino a empellones y la llamó en el mismo momento en que Gloria, al levantar la vista, fijaba en él sus ojos grises. Durante un instante, mientras sus cuerpos se encontraban y se fundían en un abrazo, el mundo, la fiesta, el confuso gimotear de la música se transformaron en dulce monotonía, tan sosegada como un laborioso zumbar de abejas.
—¡Gloria mía! —exclamó él.
El beso de ella fue un fresco arroyuelo que manaba de su corazón.