Hermosos y malditos
Hermosos y malditos LA noche en que Anthony saliera para Camp Hooker un año antes, todo lo que quedaba de la hermosa Gloria Gilbert —su caparazón, su cuerpo joven y lleno de atractivo— subió las amplias escaleras de mármol de Grand Central Station con el ritmo de la locomotora todavÃa latiendo en sus oÃdos como un sueño, para desembocar en la avenida Vanderbilt, donde la enorme masa del Biltmore dominaba la calle, mientras en su parte inferior la resplandeciente entrada del hotel iba succionando las capas multicolores de muchachas elegantemente vestidas que se disponÃan a asistir a un baile. Gloria se detuvo un momento junto a la parada de taxis para contemplarlas, recordando que, muy pocos años antes, ella formaba parte de aquel grupo, siempre en camino de un maravilloso lugar indeterminado, siempre a punto de vivir la última aventura apasionada, para la cual las capas de aquellas muchachas estaban delicada y elegantemente forradas de piel, sus mejillas maquilladas, y sus corazones con más altas expectativas que la transitoria cúpula de placer que iba a devorarlas a ellas, a sus peinados, a sus capas y a todos sus demás atributos.
