Hermosos y malditos
Hermosos y malditos —Me gustarÃa que no estuviese casada —dijo Collins, el rostro convertido en una ridÃcula caricatura de lo que suele entenderse por «expresión de gran seriedad».
—¿Por qué? —Gloria le ofreció un vaso para que se lo llenara.
—No beba más —le suplicó él, frunciendo el entrecejo.
—¿Por qué no?
—Estará usted más atractiva… si no lo hace.
Gloria comprendió de pronto las implicaciones de aquella observación, el ambiente que el capitán Collins trataba de crear. Sintió deseos de echarse a reÃr, pero también se dio cuenta de que no habÃa ninguna razón para hacerlo. Lo habÃa pasado bien durante toda la noche y no tenÃa ganas de irse a casa… al mismo tiempo herÃa su orgullo ver que se intentaba flirtear con ella a aquel nivel.
—Haga el favor de servirme — insistió.
—Por favor…
—¡No se ponga ridÃculo! —exclamó ella con voz crispada.
—Está bien. —El otro cedió con gesto de malhumor.
Luego volvió a rodearla con el brazo y Gloria tampoco protestó. Pero cuando su sonrosada mejilla se acercó a la suya, ella se apartó.