Hermosos y malditos

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El capitán Wolf se sentó en el lado izquierdo con Rachel sobre las rodillas. El capitán Collins se sentó en el centro y, mientras se acomodaba, pasó un brazo sobre el hombro de Gloria. Durante unos instantes permaneció allí como un peso muerto para apretarse después como una enredadera. A continuación el capitán se inclinó hacia ella.

—Es usted increíblemente bonita —susurró.

—Muchas gracias, mi capitán. —Gloria no se sentía ni halagada ni molesta. Antes de que apareciera Anthony, tantos brazos habían hecho lo mismo que aquella iniciativa se había convertido en poco más que un gesto, sentimental pero sin significado.

En la alargada sala de estar de Rachel un fuego sin llamas y dos lámparas con pantallas de seda color naranja eran las únicas fuentes de luz, de manera que los rincones estaban llenos de intensas sombras somnolientas. La anfitriona, moviéndose de un lado para otro con una holgada bata de gasa decorada con figuras oscuras, parecía acentuar la atmósfera ya de por sí sensual. Durante un rato estuvieron los cuatro juntos, probando los sándwiches que les esperaban sobre la mesita de té; luego Gloria se encontró a solas con el capitán Collins en el sofá más próximo al fuego; Rachel y el capitán se habían retirado al otro lado de la habitación, donde conversaban en voz muy baja.


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