Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Terminada la cena se sugirió que fueran todos a bailar a algún sitio. Los dos oficiales se aprovisionaron de botellas de whisky tomadas del aparador de Rachel —una ley prohibÃa vender bebidas alcohólicas a las fuerzas armadas—, y asà equipados ejecutaron innumerables fox-trots en varios resplandecientes locales a lo largo de Broadway, cambiando de pareja de acuerdo con los cánones, mientras Gloria se comportaba de manera cada vez más ruidosa y le resultaba cada vez más divertida al capitán de rostro sonrosado, que raras veces dejaba de sonreÃr afablemente.
A las once, con gran sorpresa por su parte, Gloria descubrió que era la única partidaria de continuar la fiesta. Los demás querÃan volver al apartamento de Rachel, en busca de más whisky, dijeron. Gloria insistió en que el frasco de bolsillo del capitán Collins estaba medio lleno —acababa de verlo—, pero al mirar a Rachel a los ojos vio que le hacÃa un guiño inconfundible. Un tanto desconcertada dedujo que su anfitriona querÃa librarse de los oficiales y accedió a apretujarse con los demás en un taxi que esperaba fuera.