Hermosos y malditos
Hermosos y malditos —Es tarde, Gloria —dijo Rachel, arrebolada y con el pelo en desorden—. Será mejor que te quedes aquà a pasar la noche.
Por un instante Gloria pensó que su antigua amiga iba a despedir a los oficiales. Luego se dio cuenta de lo que pasaba, y al entenderlo, se puso en pie con el aire más indiferente que le fue posible.
Sin percatarse, Rachel continuó:
—Puedes quedarte en la habitación inmediata a esta. Te prestaré todo lo que necesites.
Los ojos de Collins se volvieron tan implorantes como los de un perro; el brazo del capitán Wolf estaba instalado con toda familiaridad alrededor de la cintura de Rachel; todos esperaban.
Pero la tentación de la promiscuidad, pintoresca, mudable, laberÃntica, e incluso un poco odorÃfera y rancia, no presentaba atractivo ni promesa alguna para Gloria. Si lo hubiese deseado se habrÃa quedado, sin dudas ni remordimientos; pero dadas sus inclinaciones, pudo enfrentarse sin perder la calma con los tres pares de hostiles y ofendidos ojos que la siguieron hasta el vestÃbulo con forzada cortesÃa y palabras vacÃas.
«Ni siquiera ha tenido la decencia de ofrecerse a acompañarme a casa —pensó Gloria, ya en el taxi; y luego, con repentina oleada de resentimiento—: ¡No es posible comportarse de manera más vulgar!»