Hermosos y malditos

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En primavera empezó a comprender por las cartas de Anthony —no se trataba de ninguna en particular, sino de su efecto acumulativo— que su marido no quería que fuese al sur. Excusas que parecían obsesionarla por su misma insuficiencia volvían a aparecer de manera muy curiosa en su correspondencia con regularidad freudiana. Las incluía en cada carta como si temiera haberlas olvidado en la anterior, como si fuera vitalmente necesario convencer a Gloria con ellas. Y la costumbre de sazonar sus cartas con diminutivos afectuosos empezó a convertirse en algo mecánico y desprovisto de espontaneidad: casi dando la impresión de que después de terminar cada misiva, la revisaba y procedía a añadirlos como si se tratara de epigramas en una obra de Oscar Wilde. Gloria llegaba precipitadamente a la solución de aquel misterio para rechazarla enseguida, y se enfadaba y deprimía alternativamente… hasta que por fin decidió —llena de dignidad— ignorar por completo todo el asunto, permitiendo que una creciente frialdad hiciese aparición en su lado de la correspondencia.






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