Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Dos dÃas después estaba con Gloria en Nueva York.
Un dÃa de febrero a última hora de la tarde Anthony regresó al apartamento y después de cruzar a tientas el vestÃbulo, que se quedaba completamente a oscuras durante los crepúsculos invernales, encontró a Gloria sentada junto a la ventana. Ella se volvió al entrar él.
—¿Qué tenÃa que decirte Mr. Haight? — preguntó apáticamente.
—Nada —respondió él—, lo mismo de siempre. Quizá el mes que viene.
Gloria lo miró detenidamente; su oÃdo acostumbrado a la voz de Anthony captaba la menor torpeza en la pronunciación.
—Has estado bebiendo —hizo notar con frialdad.
—Un par de copas.
—Ah.
Anthony bostezó, sentado en el sillón, y se produjo un momento de silencio. Luego Gloria preguntó de repente:
—¿Has ido a ver a Mr. Haight? Dime la verdad.
—No. —Anthony sonrió débilmente—. En realidad no he tenido tiempo.
—SuponÃa que no habÃas ido… Mandó a buscarte.
