Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Mientras traqueteaban en dirección al campamento, Anthony estaba intranquilo pensando en encontrar a Dot esperándolo pacientemente en la estación. Con gran alivio por su parte ni la vio ni oyó nada acerca de ella y, convencido de que si estuviera aún en la ciudad habría tratado, sin duda alguna, de ponerse en contacto con él, llegó a la conclusión de que se había ido; dónde, ni lo sabía ni le interesaba. Solo quería volver con Gloria: Gloria renacida y maravillosamente viva. Cuando finalmente lo licenciaron, abandonó el campamento en las entrañas de un enorme camión con un grupo de soldados que vitorearon de manera tolerante, casi sentimental, a sus oficiales, y en especial al capitán Dunning. El capitán, por su parte, les había hablado, con lágrimas en los ojos, de la diversión, etc., del trabajo, etc., del tiempo no malgastado, etc., y del deber, etc. Todo muy aburrido y muy humano; después de escucharle, Anthony, con la mente revitalizada por su semana de estancia en Nueva York, reafirmó su profundo odio a la profesión militar y todo lo que implicaba. Dos de cada tres oficiales profesionales creían, en su corazón infantil, que las guerras se hacían para los ejércitos y no los ejércitos para las guerras. Se alegró de ver al general y a otros jefes cabalgar desolados por el campamento vacío, privados de mando. Se alegró de oír a los hombres de su compañía reír despectivamente ante los alicientes que se les ofrecían para que se quedaran en el ejército. Estudiarían en «escuelas». Él sabía lo que eran aquellas «escuelas».