Hermosos y malditos
Hermosos y malditos —¿Quieres decir que podemos vender otro bono?
—Si es necesario. No quiero que te prives de nada. Aunque hemos gastado mucho desde mi vuelta.
—¡Cállate, anda! —dijo ella muy irritada.
—¿Por qué?
—Porque estoy cansada de oÃrte hablar de lo que nos hemos gastado o de lo que hemos hecho. Volviste hace dos meses y desde entonces hemos estado en alguna fiesta prácticamente todas las noches. Los dos querÃamos ir y hemos ido. ¿Acaso me has oÃdo quejarme? Pero todo lo que sabes hacer tú es gemir y gemir. Ya no me importa nada lo que hagamos o lo que sea de nosotros y por lo menos soy coherente conmigo misma. Pero no estoy dispuesta a tolerar tus quejas ni tus aullidos calamitosos…
—A veces tú tampoco estás muy agradable, no sé si lo sabes.
—No tengo ninguna obligación de estarlo. Tú no haces el menor esfuerzo por cambiar las cosas.
—Pero yo estoy…
—¡Vaya! JurarÃa que eso ya lo he oÃdo antes. Esta mañana dijiste que no volverÃas a probar una gota de alcohol hasta que tuvieras un empleo. Y ni siquiera has tenido el coraje suficiente para ir a ver a Mr. Haight cuando te ha mandado llamar para hablar del juicio.
Anthony se puso en pie y encendió la luz.
—¡Escúchame! —exclamó, parpadeando—, me estoy cansando de esa lengua tan afilada que tienes.