Hermosos y malditos
Hermosos y malditos —Bueno, ¿y qué vas a hacer para evitarlo?
—¿Crees que yo me siento particularmente feliz? —continuó él, ignorando su pregunta—. ¿Crees que no sé que no estamos viviendo como debiéramos?
En un instante Gloria estuvo en pie junto a él, temblando.
—¡No voy a aguantarlo! —estalló—. ¡Note permito que me sermonees! ¡Tú y tus sufrimientos! ¡No eres más que un pobre desgraciado y siempre lo has sido!
Se contemplaron el uno al otro estúpidamente, ambos incapaces de causar la menor impresión en el otro, los dos tremenda, dolorosamente aburridos. Luego Gloria se fue al dormitorio y cerró la puerta tras de sÃ.