Hermosos y malditos

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El regreso de Anthony había traído otra vez a primer término todas las exasperaciones de antes de la guerra. Los precios subían de manera alarmante y el matrimonio veía sus ingresos reducidos a poco más de la mitad de lo que eran al principio. Estaban los elevados honorarios de Mr. Haight; estaban los valores comprados a cien, y que ahora habían bajado a treinta o cuarenta, y otras inversiones que no producían nada en absoluto. Durante la primavera anterior Gloria se había visto ante la alternativa de dejar el apartamento o firmar un contrato por un año a doscientos veinticinco dólares al mes. Había tenido que firmarlo. Inevitablemente, a medida que la necesidad de economizar aumentaba, descubrían que como pareja estaban totalmente incapacitados para ahorrar. Acababan recurriendo a la antigua estrategia de las mentiras. Cansados de su ineptitud, charlaban de lo que harían… mañana, de cómo «dejarían de ir a fiestas» y de cómo Anthony se pondría a trabajar. Pero cuando oscurecía, Gloria, acostumbrada a tener compromisos todas las noches, se sentía una vez más invadida por el antiguo desasosiego. Se quedaba de pie en el umbral del dormitorio, mordiéndose furiosamente las uñas, y, a veces, mirando a Anthony a los ojos cuando su marido levantaba la vista del libro. Luego sonaba el teléfono y sus nervios se distendían, y lo contestaba con mal disimulada avidez. Alguien venía «tan solo por unos minutos»… y había que incurrir una vez más en el cansancio que provoca el fingimiento, tenía que hacer su aparición el carrito de las bebidas alcohólicas, producirse la revitalización de sus espíritus agotados… y, más tarde, el despertar como punto central de la noche insomne por la que deambulaban.


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