Hermosos y malditos
Hermosos y malditos A continuación venÃa una dirección en Madison Avenue, y la una de la tarde como hora de reunión. Gloria, al mirar por encima del hombro de Anthony, después de uno de sus usuales desayunos tardÃos, vio que su marido estaba examinando el anuncio, aunque sin especial interés.
—¿Por qué no lo intentas? —le sugirió.
—No es más que una de esas engañifas absurdas.
—Quizá no lo sea. Al menos te servirá de experiencia.