Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Ante su insistencia, Anthony apareció a la una en la dirección indicada, y se encontró formando parte de una mezcolanza de hombres que esperaban delante de la puerta. La diversidad era considerable, desde un botones que estaba a todas luces malgastando sus horas de trabajo, hasta un sujeto inmemorial con un cuerpo tan lleno de nudosidades como su bastón. Algunos de los hombres tenían muy mal aspecto, con mejillas hundidas y ojos hinchados y enrojecidos; otros eran jóvenes, posiblemente estudiantes de bachillerato. Después de un cuarto de hora de apreturas en los que se contemplaron unos a otros con apática desconfianza, apareció un joven y elegante guía, de traje muy ajustado, y modales de ayudante de rector, que los condujo escaleras arriba a una habitación muy amplia que parecía un aula y contenía innumerables pupitres. Allí los futuros vendedores se sentaron… y siguieron esperando. Después de cierto tiempo un estrado al fondo de la sala quedó oscurecido por la presencia de media docena de hombres serios y al mismo tiempo llenos de vivacidad que, con una sola excepción, tomaron asiento formando un semicírculo, de cara al público.