Hermosos y malditos

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La excepción era el hombre más serio, más enérgico y más joven de todos, que avanzó hasta situarse en la parte delantera del estrado. El público lo examinó esperanzadamente. Era más bien pequeño y bastante guapo, con un atractivo de tipo más comercial que dramático. Tenía cejas rubias, rectas y muy pobladas y unos ojos que resultaban casi escandalosamente honrados y, al llegar al borde de su tribuna, pareció arrojar aquellos ojos en medio del público, alzando simultáneamente un brazo con dos dedos extendidos. Luego, mientras se balanceaba hasta conseguir una posición de equilibrio, un silencio expectante se apoderó de la sala. Con gran aplomo, el joven había conseguido despertar el interés de sus oyentes, y sus palabras, cuando comenzó a hablar, estaban llenas de firmeza y de confianza y muy en la escuela de «ir al grano directamente».

—¡Amigos! —empezó, e hizo una pausa. La palabra murió con un eco muy prolongado en el fondo de la sala, mientras los rostros que lo contemplaban —esperanzados, cínicos, cansados— manifestaban todos el mismo interés, la misma atención. Seiscientos ojos se alzaron ligeramente. Con una entonación monótona que recordó a Anthony el ruido sordo de las bolas al rodar en una bolera, el orador se lanzó de cabeza al mar de las explicaciones.


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