Hermosos y malditos
Hermosos y malditos —En esta soleada y radiante mañana habéis abierto vuestro periódico favorito y os habéis encontrado con un anuncio en el que se decía con toda sencillez y sin adornos de ninguna clase que sois capaces de vender. Eso era todo lo que el anuncio decía: no hablaba de «qué», ni decía «cómo», ni explicaba «por qué». Se limitaba a hacer una sola afirmación: que tú, y tú, y tú — señalando sucesivamente con el dedo a varios de sus oyentes— podéis vender. Ahora bien, mi tarea no es hacer unos triunfadores de vosotros, porque todos los hombres nacen triunfadores, y son ellos mismos quienes se convierten en fracasados; tampoco consiste en que os enseñe a hablar, porque todos los hombres son oradores por naturaleza y solo ellos mismos destruyen su facilidad de palabra; mi tarea es deciros una sola cosa de manera que no os quede la menor duda acerca de ello: y lo que tengo que deciros es que tú, y tú, y tú tenéis derecho a una herencia de dinero y prosperidad que está esperando tan solo a que aparezcáis y la reclaméis.
Al llegar a este punto un irlandés de aspecto taciturno se levantó de su pupitre, cerca del fondo del salón, y se marchó.