Hermosos y malditos

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Anthony se fijó en que, de los numerosos ancianos que habían respondido al anuncio original, solo dos habían vuelto, y que entre los treinta y tantos reunidos el tercer día para recibir de Mr. Carleton las definitivas instrucciones sobre cómo vender, solo se divisaba ya una cabeza gris. Aquellos treinta eran conversos entusiastas; iban siguiendo con los labios los movimientos de la boca de Mr. Carleton; se balanceaban en los asientos inflamados de celo, y en los momentos de descanso durante la exposición hablaban entre sí con tensos murmullos aprobatorios. Sin embargo, de los pocos escogidos que, según palabras de Mr. Carleton, «estaban decididos a alcanzar la recompensa que en estricta justicia les pertenecía», menos de media docena llegaban a combinar un mínimo de aceptable apariencia personal con el gran don de «ser agresivos». Pero a todos se les dijo que eran agresivos por naturaleza: lo único necesario era que creyeran con una especie de pasión salvaje en lo que estaban vendiendo. Mr. Carleton llegó incluso a sugerir que, si era posible, compraran ellos mismos algunos valores, para dar mayor peso a su propia sinceridad.






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