Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Por consiguiente, al dar las cinco, con un tremendo esfuerzo de concentración, Anthony decidió diversificar el abanico de posibles compradores. Eligió una galería de alimentación de tamaño medio. Nada más entrar se dio cuenta —con repentina iluminación interior— de que lo más adecuado era deslumbrar no solo al dueño de la tienda, sino también a todos los clientes, y así, gracias a la fuerza psicológica del instinto de rebaño, quizá compraran los bonos con sorprendida e inmediatamente lograda unanimidad.
—Buenas tardes —empezó, con voz demasiado fuerte y pastosa—. Tengo una proposición que hacerles.
Si lo que quería era silencio, lo consiguió. Una especie de temor reverente se apoderó de la media docena de mujeres que estaban comprando y del anciano de cabellos grises, con gorro y mandil, que partía un pollo.
Anthony sacó un puñado de papeles de su cartera entreabierta, y lo agitó alegremente.