Hermosos y malditos
Hermosos y malditos —Compren un bono —sugirió—, ¡tan bueno como un bono de la libertad! —La frase le gustó y se dedicó a desarrollarla—. Mejor que un bono de la libertad. Cada uno de estos vale por dos bonos de la libertad. —En la mente de Anthony se produjo una laguna y saltó al párrafo final de su arenga, que pronunció con los gestos apropiados, aunque un tanto desfigurados por la necesidad de agarrarse al mostrador con una o con las dos manos para conservar el equilibrio—. ¡Vamos a ver! Les he dedicado mi tiempo. No quiero saber por qué no van a comprar. Solo quiero que digan por qué. ¡Quiero que digan cuántos!
Al llegar a aquel punto, las personas presentes en la tienda deberÃan habérsele acercado con talonario de cheques y pluma estilográfica en la mano. Dándose cuenta de que no reaccionaban de la manera esperada, Anthony, con intuición de actor, volvió atrás y repitió el párrafo final.
—¡Vamos a ver! Les he dedicado mi tiempo. Han seguido ustedes mi proposición. ¿Están de acuerdo con el razonamiento? Ahora, todo lo que quiero de ustedes es: ¿cuántos bonos de la libertad?
—¡Oiga usted! —intervino una nueva voz. Un hombre corpulento, de rostro adornado por simétricas volutas de pelo rubio, habÃa salido de una especie de jaula de cristal en el fondo del establecimiento y se estaba acercando a Anthony—. ¡Óigame usted!