Hermosos y malditos
Hermosos y malditos —¿Cuántos? —repitió impertérrito el vendedor—. Les he dedicado mi tiempo…
—¡Eh, usted! —gritó el propietario—, haré que se lo lleve la policÃa.
—¡No hay ninguna razón para hacer una cosa asÃ! —replicó Anthony con magnÃfica obstinación—. Todo lo que quiero es saber cuántos.
Desde distintos puntos de la tienda se alzaron nubecillas de comentarios y recriminaciones.
—¡Qué desagradable!
—Está completamente loco.
—Borracho como una cuba.
El propietario sujetó a Anthony por un brazo con decisión.
—Váyase o llamaré a la policÃa.
Un resto de racionalidad impulsó a Anthony a asentir con la cabeza y a volver a meter los bonos en la cartera con mano torpe.
—¿Cuántos? —insistió, con voz incierta.
—¡El cuerpo entero si es necesario! — rugió su adversario temblándole fieramente el bigote rubio.
—Véndales un bono a todos.