Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Anthony se dio la vuelta después de decir esto, hizo una inclinación de cabeza en dirección a sus últimos espectadores, y salió tambaleándose del establecimiento. Encontró un taxi en la esquina que lo llevó al apartamento. Se quedó profundamente dormido en el sofá, y allí lo encontró Gloria con el aliento apestando a whisky, y aferrando todavía con una mano la cartera abierta.
Excepto cuando bebía, la amplitud de las sensaciones de Anthony era menor que la de un anciano con buena salud, y en julio, al llegar la prohibición, el joven Patch descubrió que, entre quienes podían permitírselo, se bebía más que nunca. Cualquier anfitrión sacaba a relucir una botella con el más mínimo pretexto. La tendencia a ofrecer bebidas alcohólicas era una manifestación del mismo instinto que lleva a un hombre a adornar a su mujer con joyas. Tener bebidas alcohólicas era un alarde, casi un símbolo de respetabilidad.