Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Por las mañanas Anthony se despertaba cansado, nervioso y preocupado. Los apacibles crepúsculos del estío y el frescor violeta de los amaneceres no lograban provocar en él la menor respuesta. Tan solo durante un breve momento diario, con el calor y la vida renovada del primer whisky con soda, su mente era capaz de regresar a los vagorosos sueños de placeres futuros, herencia común de los felices y de los condenados. Pero esto duraba muy poco tiempo. A medida que se emborrachaba los sueños se desvanecían y él se convertía en un confuso espectro, moviéndose por extraños recovecos de su propia mente, lleno de inesperados caprichos, cruelmente despectivo en el mejor de los casos, y capaz de alcanzar pastosas y descorazonadas simas. Una noche de junio se peleó violentamente con Maury por un motivo absolutamente trivial. Al otro día recordaba vagamente que todo había girado en torno a una botella rota de champán. Maury le había dicho que se serenara y Anthony se sintió herido, de manera que con un pretendido gesto de dignidad se levantó de la mesa y cogió a Gloria del brazo para, con profunda sensación de vergüenza por parte de su mujer, llevarla hasta el taxi que esperaba fuera, dejando a Maury con tres cenas encargadas y las entradas para la ópera.