Hermosos y malditos

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Esta especie de fracaso semitrágico se había hecho tan corriente que, cuando se producía uno nuevo, Anthony no se sentía siquiera obligado a ofrecer disculpas. Si Gloria protestaba —y últimamente lo más probable era que se hundiera en un desdeñoso silencio—, él se lanzaba a una violenta defensa de sí mismo o abandonaba el apartamento con gesto melancólico. Desde el incidente en el andén de la estación de Redgate, nunca le había puesto la mano encima a Gloria, aunque a menudo se contenía por algún instinto que lo hacía al mismo tiempo temblar de rabia. De la misma manera que todavía seguía queriéndola más que a ningún otro ser humano, también los odios que le inspiraba eran muy intensos y frecuentes.

Hasta aquel momento, el tribunal de apelación no había emitido su fallo, pero, después de otro aplazamiento, confirmó finalmente la sentencia del tribunal inferior, aunque con el voto en contra de dos de sus miembros. A Edward Shuttleworth le fue notificado que se volvería a apelar contra la sentencia. El caso tendría que verse ante el tribunal de último recurso, y Anthony y Gloria se enfrentarían una vez más con otra interminable espera. Seis meses, quizá un año. La herencia se había convertido para ellos en algo terriblemente irreal, tan remoto e incierto como el paraíso.


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