Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Y ahora, durante todo aquel día de noviembre, todo aquel día repleto de desolación, Gloria había estado pensando que quizá estuviese equivocada. Para preservar la integridad de su primer don no había vuelto a buscar el amor. Cuando la llama primera y el éxtasis habían perdido fuerza, para disminuir luego y finalmente desaparecer, ella había empezado a conservar… pero ¿qué? Le desconcertaba no saber ya qué era exactamente lo que estaba conservando… un recuerdo sentimental o un básico y profundo concepto del honor. Dudaba ahora si había habido alguna cuestión moral implicada en su manera de vivir: avanzar sin preocupaciones ni remordimientos por la más alegre de todas las sendas posibles y conservar el orgullo siendo siempre ella misma y haciendo siempre lo que parecía más hermoso que ella hiciera. Desde el primer muchachito con cuello almidonado que la había considerado su «chica», hasta el último desconocido cuyos ojos manifestaban interés y admiración al posarse sobre ella, había bastado aquella inocencia sin rival que Gloria era capaz de poner en cualquier mirada o de arropar con una frase inconexa —porque siempre había hablado sin terminar las frases— para tejer en torno suyo inconmensurables ilusiones, distancias inconmensurables, inconmensurable luz. Para dotar a los hombres de un alma, para crear una felicidad espléndida y una espléndida desesperación tenía que seguir siendo profundamente altiva, con el orgullo de seguir inviolada, y también con el orgullo de fundirse ante la pasión y de ser poseída.