Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Mirando a través de los transparentes visillos Gloria podía ver la redondez de la luna por encima de los tejados y más allá, sobre el cielo, el resplandor amarillo procedente de Times Square; y al contemplar aquellas dos luces discrepantes, su mente se puso a analizar una emoción, o más bien un conjunto de emociones entretejidas, que la habían ocupado durante el día, y también el día anterior y, todavía más atrás, la última vez que recordaba haber pensado con claridad y orden acerca de algo… lo que tuvo que ser mientras Anthony estaba en el ejército.
Gloria iba a cumplir veintinueve años en febrero, y ese mes adquiría un significado tan ominoso como inevitable, haciéndole preguntarse, durante aquellas nebulosas horas medio enfebrecidas, si después de todo no habría desperdiciado su belleza, ligeramente ajada ya; si era posible utilizar una cualidad limitada por tan cruel e inevitable desaparición.
Años antes, a los veintiuno, Gloria había escrito en su diario: «La belleza existe solo para ser admirada, solo para ser amada; para recogerla cuidadosamente y arrojarla después al amante escogido como un ramo de rosas. En mi opinión, y hasta donde soy capaz de juzgar, creo que mi belleza debiera usarse de esa forma…».