Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Era el mes de noviembre (el veranillo de San Martín más exactamente) y hacía una noche muy calurosa, cosa innecesaria, porque el trabajo del verano ya estaba hecho. Babe Ruth había batido por primera vez el récord de carreras de béisbol y Jack Dempsey le había roto el pómulo a Jess Willard en Ohio. Al otro lado del océano el habitual número de niños tenían el vientre hinchado por causa de la desnutrición, y los diplomáticos se consagraban a su tarea de siempre: hacer del mundo un sitio adecuado para nuevas guerras. En la ciudad de Nueva York el proletariado estaba siendo «disciplinado», y las apuestas a favor del equipo de fútbol de Harvard eran generalmente cinco a tres. La paz había llegado de verdad, y comenzaba una nueva época.
En el dormitorio de su apartamento de la calle Cincuenta y siete, Gloria daba vueltas en la cama, incorporándose de cuando en cuando para quitarse una colcha superflua y pidiéndole a Anthony, en una ocasión que estaba despierto a su lado, que le trajera un vaso de agua helada.
—Note olvides de ponerle un poco de hielo —le dijo insistentemente—; no sale lo bastante fría del grifo.