Hermosos y malditos

Hermosos y malditos

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—Millones de personas —dijo— pululando como ratas, parloteando como cotorras, oliendo como el mismísimo infierno… ¡monos! O pulgas, supongo. Por un palacio verdaderamente exquisito… pongamos en Long Island, o incluso en Greenwich… por un palacio lleno de cuadros del Viejo Mundo y de cosas exquisitas, con arboledas y un césped bien cuidado, y una vista del mar azul, y personas agradables elegantemente vestidas… yo sacrificaría cien mil, un millón. —Gloria alzó la mano débilmente y chasqueó los dedos—. No me importan nada… ¿comprende usted?

La mirada que dirigió a miss McGovern al concluir estas palabras fue extrañamente traviesa, extrañamente resuelta. Luego dejó escapar una risita rematada con un gesto de desprecio y, echándose para atrás, volvió a quedarse dormida.

Miss McGovern quedó desconcertada. Se preguntaba qué eran las cien mil cosas que mistress Patch sacrificaría por su palacio. Dólares, suponía… y, sin embargo, no había sonado exactamente como dólares.





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