Hermosos y malditos

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Gloria había decidido que Anthony no tenía por qué saber nada de aquello hasta que de verdad la contrataran, de manera que a la mañana siguiente se vistió y salió del apartamento antes de que él se despertara. El espejo, pensó Gloria, le había devuelto prácticamente la misma imagen de siempre. Se preguntó si persistiría alguna huella de su enfermedad. Aún no había recuperado su peso habitual y, pocos días antes, llegó a imaginar que sus mejillas estaban un poco chupadas… pero se convenció de que se trataba tan solo de una situación transitoria y de que aquel día en particular se hallaba tan hermosa como siempre. Había comprado un sombrero nuevo cargándolo en su cuenta y, como el día estaba templado, dejó en casa el chaquetón de piel de leopardo.

En los estudios de Films Par Excellence su presencia fue comunicada por teléfono y se le dijo que Mr. Black se reuniría con ella inmediatamente. Gloria miró a su alrededor. Un hombrecillo grueso con un abrigo de bolsillos en diagonal estaba mostrando las instalaciones a dos muchachas, y una de ellas había señalado unos montones de pequeños paquetes, apilados hasta la altura del pecho a lo largo de veinte pies de pared.

—Eso es el correo del estudio —explicó el hombrecillo grueso—. Fotografías de las estrellas que trabajan para Films Par Excellence.

—Ah.


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