Hermosos y malditos
Hermosos y malditos —Cada una de ellas autografiada por Florence Kelley o Gaston Mears o Mack Dodge… —Guiñó un ojo confidencialmente—. Por lo menos, cuando Minnie McGlook, que vive en Sauk Centre, recibe la fotografÃa que pidió por carta, cree que está autografiada.
—¿Lo hacen a imprenta?
—Claro. Les llevarÃa una jornada de ocho horas firmar la mitad de las fotografÃas. Dicen que la correspondencia con sus admiradores le cuesta a Mary Pickford cincuenta mil al año.
—¿De veras?
—Claro. Cincuenta mil. Pero no existe mejor publicidad…
Sus voces se fueron alejando hasta perderse y casi inmediatamente apareció Bloeckman… Bloeckman, un afable caballero moreno, cuarentón elegante, que la saludó con mesurada cordialidad y le dijo que no habÃa cambiado en absoluto en los últimos tres años. El magnate cinematográfico fue guiándola hasta un recinto de grandes proporciones, tan amplio como un hangar y dividido intermitentemente por decorados llenos de actividad e hileras de extrañas luces. Cada unidad independiente tenÃa escrito con grandes letras blancas «CompañÃa Gaston Mears», «CompañÃa Mack Dodgen», o simplemente «Films Par Excellence».
—¿Nunca ha estado en un estudio?
Jamás.