Hermosos y malditos

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Gloria descubrió que le gustaba. No existía la sofocante proximidad de los rostros maquillados, ni el olor a trajes manchados y deslucidos que años atrás tanto le había desagradado entre bastidores durante la representación de una comedia musical. El trabajo en el estudio se hacía por las mañanas; los accesorios parecían de buena calidad, bonitos y nuevos. En un decorado con vistosas colgaduras de Manchuria, un chino impecable representaba una escena siguiendo las instrucciones que se le daban por el megáfono, mientras la gran máquina resplandeciente iba dando forma, para edificación del espíritu nacional, a una historia moral tan vieja como el mundo.

Un hombre de cabellos rojos se les acercó y dirigió la palabra a Bloeckman con familiaridad pero también con deferencia.

—Hola, Debris —respondió el interpelado—. Quiero presentarle a mistress Patch… Mistress Patch quisiera trabajar en el cine, como ya le he explicado… De manera que, ¿adónde vamos?

Mr. Debris —el gran Percy B. Debris, pensó Gloria— los condujo a un decorado que representaba el interior de un despacho. Había algunas sillas alrededor de la cámara situada frente al decorado, y los tres se sentaron en ellas.


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